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Biológicos en la Agricultura: ¿moda o agregado de valor?

Los bioinsumos están en boca de todos como potenciadores de la productividad y la sustentabilidad. ¿Pero qué hay de cierto según la ciencia?
Los productos biológicos están de moda ya que prometen agregar valor a la actividad agrícola de una manera amigable con el ambiente. Pero ¿qué sabemos realmente sobre estos productos? ¿Pueden impactar significativamente en la producción? 

Dentro del universo de los biológicos, los bioestimulantes son los más elegidos por los productores que usan este tipo de insumos (representando un 30%, según datos de Aapresid). Los motivos detrás de su adopción son varios: pueden estimular el crecimiento vegetal, mejorar la tolerancia al estrés y aumentar la producción de granos.

“Los bioestimulantes son compuestos basados en microorganismos vivos, metabolitos derivados de éstos, o sustancias bioactivas”, explicó en una nota en la Revista mensual de Aapresid Martín Torres Duggan (Tecnoagro), quien coordina la Red de Nutrición Biológica (RNB) de Aapresid, un espacio donde se genera información técnica relevante y útil para la toma de decisiones sobre biológicos.

En otro grupo encontramos a los biofertilizantes, que incluye productos que contribuyen al aporte y/o asimilación de nutrientes, como ser los inoculantes con bacterias que fijan nitrógeno (N) del aire o que solubilizan nutrientes específicos. “Además de estimular el crecimiento y aumentar el rendimiento de los cultivos, los biofertilizantes pueden mejorar la fertilidad del suelo y disminuir la huella ambiental,  ya que generan menor contaminación y emisión de gases de efecto invernadero, entre otros impactos científicamente comprobados”, sumó el especialista. 

Por ejemplo, la inoculación con Azospirillum brasilense -una bacteria fijadora de N- ha demostrado aumentar la producción de trigo en la región pampeana en un 22% (materia seca) y 8% (rendimiento). Resultados similares fueron observados por diversos autores y Torres Duggan y equipo en maíz, quienes hacen referencia a aumentos en rendimiento hasta del 10%.

En otra línea están los promotores del crecimiento (PGPR’s), que además de solubilizar nutrientes estimulan el crecimiento de las raíces o tienen acción de biocontrol de enfermedades fúngicas. 

“Un caso interesante de microorganismo que presenta propiedades de biofungicida y también PGPR es Trichoderma sp., del cual existe abundante evidencia sobre sus efectos en diversos cultivos, inclusive también combinada con otras bacterias promotoras del crecimiento vegetal”, explicó Torres Duggan.

Por otro lado, investigaciones recientes muestran que compuestos no microbianos como quitosano, extractos de plantas, ácidos húmicos y fúlvicos, fosfitos, silicatos, etc. pueden promover el crecimiento de raíces y aumentar notablemente el rendimiento en cereales y legumbres, entre otros, especialmente en suelos pobres o bajo sequía. Sin embargo, también se vieron efectos con buena disponibilidad de nutrientes, sugiriendo su potencial para mejorar en general el aprovechamiento de recursos. 

Agregado de valor en tiempos difíciles

Los bioestimulantes vienen a ampliar el espectro de herramientas con las que cuenta el productor. “Es importante entender que los bioestimulantes y biofertilizantes no son sustitutos de los fertilizantes tradicionales, sino complementos que pueden mejorar la productividad y la sostenibilidad agrícola”, remarcó Torres Duggan. 

En el mercado se encuentra una amplia gama de biológicos, incluso algunos combinan ingredientes microbianos y no microbianos, con o sin nutrientes agregados. También se ofrecen “consorcios microbianos”, que combinan diferentes microorganismos para ampliar el espectro de efectos sobre las plantas. La recomendación es integrar la bioestimulación al manejo de todas las fuentes de nutrientes disponibles. 

La aplicación inteligente de biológicos, basada en la evidencia científica, puede proporcionar beneficios significativos para la agricultura. “La mayor oportunidad de agregar valor mediante la bioestimulación ocurre en contextos de alta variabilidad climática y estrés abiótico”, concluyó.
Lee la nota completa en la edición 227 de Revista Aapresid
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