Durante años la diferencia entre “resistencia” y “tolerancia” parecía clara. Hoy la ciencia difumina el límite entre conceptos y reenfoca la discusión en los procesos biológicos que los desencadenan para diseñar estrategias de manejo eficientes.
Durante décadas, la ciencia de malezas pareció tener una respuesta clara. Si una planta sobrevivía a un herbicida porque había evolucionado o sido seleccionada para hacerlo, se hablaba de resistencia. Si, en cambio, la especie tenía naturalmente la capacidad de tolerar ese producto, se la consideraba tolerante. Sin embargo, lo que alguna vez pareció una frontera bien definida hoy comienza a desdibujarse.
A medida que aumentan los casos de malezas difíciles de controlar y la investigación profundiza en los mecanismos genéticos y metabólicos que explican su supervivencia, crecen también las dudas sobre si esa división clásica sigue siendo suficiente para describir la realidad.
Un problema que no deja de crecer
Las malezas resistentes se han convertido en uno de los principales desafíos productivos de nuestro país. Lo que comenzó hace décadas con algunos casos aislados fue ganando terreno al ritmo de sistemas productivos simplificados y del uso repetido de un número limitado de herbicidas.
Según la Red de Manejo de Plagas de Aapresid (REM), hoy Argentina registra 52 biotipos de malezas resistentes, reflejando la velocidad con la que estos procesos evolutivos pueden desarrollarse cuando la presión de selección se sostiene en el tiempo.
Pero mientras los casos aumentan, también surge una pregunta cada vez más frecuente: ¿seguimos entendiendo correctamente qué significa que una maleza sea resistente?
Resistencias de malezas a herbicidas detectadas en Argentina a mayo de 2026. Fuente: REM-Aapresid.
Cuando la biología complica las definiciones
Según las definiciones tradicionales, la resistencia implica un proceso de selección: dentro de una población existen pocos individuos que portan mutaciones puntuales que les permiten sobrevivir a un herbicida. Sucesivas aplicaciones del mismo activo seleccionan en favor de estas mutaciones, y estos individuos resistentes terminan predominando.
La tolerancia, en cambio, describe a especies que naturalmente presentan baja sensibilidad a un determinado herbicida, sin haber atravesado previamente ese proceso de selección. Sobre el papel, la diferencia parece sencilla. El problema aparece cuando la biología muestra escenarios más complejos.
¿Qué ocurre, por ejemplo, cuando una población recibe genes de resistencia provenientes de otra población a través del flujo génico? Aunque nunca haya estado expuesta al herbicida, puede comportarse exactamente igual que una población resistente.
Entonces surge la pregunta: ¿es tolerante porque nunca fue seleccionada localmente o resistente porque porta genes que sí fueron seleccionados en otro lugar? La respuesta ya no parece tan evidente.
Las zonas grises que desafían a la ciencia
El avance del conocimiento sobre genética de poblaciones, mecanismos metabólicos y evolución de las malezas está revelando que muchas veces resistencia y tolerancia no funcionan como categorías opuestas, sino como extremos de un continuo.
Incluso algunos especialistas señalan que gran parte de la literatura científica utiliza ambos términos para describir simplemente distintos niveles de sensibilidad a los herbicidas, sin establecer una separación estricta entre ellos.
La situación se vuelve todavía más compleja en aquellas especies donde la resistencia está tan difundida que prácticamente ya no existen poblaciones susceptibles para comparar. En esos casos, una de las bases históricas para definir resistencia comienza a perder solidez.
Más que una discusión de palabras
A primera vista, podría parecer un debate exclusivamente académico. Sin embargo, esconde un cambio mucho más profundo. Durante años, la resistencia fue vista como un fenómeno excepcional: una mutación puntual que permitía a algunas plantas escapar al control químico. Hoy la mirada es diferente. Los investigadores entienden la resistencia como un proceso evolutivo dinámico, impulsado por la presión de selección, el intercambio genético y una gran diversidad de mecanismos biológicos.
En otras palabras, ya no se trata solamente de identificar si una maleza es resistente o tolerante, sino de comprender cómo evolucionan las poblaciones y qué factores favorecen esa adaptación.
Comprender para manejar mejor
Aun con sus limitaciones, la diferenciación entre resistencia y tolerancia sigue siendo útil para ordenar y comunicar la problemática en la práctica desde una mirada agronómica.
Sin embargo, en un escenario donde avanzan las resistencias múltiples y cobran protagonismo mecanismos de supervivencia cada vez más sofisticados, el desafío ya no pasa únicamente por redefinir términos.
La verdadera cuestión es entender mejor los procesos biológicos que permiten a las malezas sobrevivir y, a partir de ese conocimiento, diseñar estrategias de manejo eficientes.


